AUDACIA

Nayú Alé de Leyton

Sin audacia no hay iniciativa posible.
La audacia no es posible sin iniciativa.
La audacia es un requisito indispensable para empezar cualquier proyecto, para llevar a cabo el plan trazado.
Lo mismo es necesaria en la labor de apostolado, a los audaces les ayuda Dios.
Los hombres están creados para dominar el mundo, están hechos para ascender a las cumbres, por eso los caminos llanos quedan para los vencidos, para los que no son audaces y no aceptan el desafío, para los que se conforman o para los que ya, casi al final del camino están esperando el supremo galardón a fuerza de haber subido cumbres.
En el cristianismo hay una audacia que no se detiene en medir la proporción entre los medios y el fin, porque cuentan con el poder de la gracia.
El cristianismo no está hecho para los tímidos.
Pero no te excedas ni tampoco te quedes corto, no peques por carta más, pero tampoco peques por una carta de menos, no seas temerario pero tampoco no seas cobarde ni comodón.
Hay que reconocer la audacia de los apóstoles.
Eran unos hombres sin prestigio, sin poder, sin cultura, sin dinero, sin diplomacia, sin recurso humano alguno; quisieron conquistar un mundo edificado sobre la fuerza, la ciencia, la bolsa, el placer…era algo que excedía los campos de la audacia.
Imaginemos cualquiera de los apóstoles, comenzando su misión en un campo negativo al cristianismo, gente que no creía ¿Qué hacer? ¿Cómo empezar? ¿Con quién contar? Solo contaban con la promesa del Maestro: “Yo estaré con vosotros” (MT. 28, 20). Fuera de esto, nada, solo su temple. Su voluntad de decisión sabiendo que se estaban jugando la vida.
¿Qué sería hoy de nosotros si a ellos se les hubiera antojado ser más “prudentes”?
Gracias a su temple, a su audacia conocemos a Cristo; ellos tenían fe. Cuando el esfuerzo humano se alía con la confianza en la providencia de Dios, la audacia deja de llamarse temeridad, se llama sencillamente fe.
Tal vez los sensatos no lleguen a entendernos.
Debes ser audaz en tu apostolado, audaz en tu testimonio de vida como hijo de Dios, audaz al hacer prevalecer la verdad y la justicia.
Los cristianos tenemos que ser audaces y establecer con esa audacia los principios cristianos, la caridad, la misericordia, el amor, allá donde nos encontremos, en el trabajo, en el descanso, en los festejos y en todo momento, la audacia que nos infunde la fe, debe estar presente en todo lugar. Llevar a Cristo en todos los ambientes con nuestra presencia de apóstoles llevar la presencia del Maestro ¿Cómo? Con nuestro testimonio de vida, con nuestro respeto a los demás, con nuestra consideración hacia los mayores, por nuestra compasión por los que sufren, con nuestro compartir las alegrías y las tristezas.
Ser audaces y hablar de Cristo en todo lado, en cualquier lugar, porque todos los que nos escuchan son hijos de Dios y por todos murió El Señor y pagó por cada uno un precio de sangre.
Toda iniciativa viene a cabalgar mitad sobre la audacia y mitad sobre la prudencia.
Lo perfecto supone un equilibrio entre la prudencia y la audacia, si no hay audacia se anquilosa y si no hay prudencia se cae en la temeridad.
Tenemos que tener cuidado en no disfrazar a la timidez, a la comodidad por prudencia, cuidado que nuestra prudencia sea contemporización, mínimo esfuerzo, falta de horizontes, miedo al ideal.
¡Ánimo! Seamos audaces en nombre de Jesús.