Día de los Difuntos

Nayú Alé de Leyton

El dos de noviembre recordamos a nuestros seres queridos que ya partieron a la casa del Padre. Ellos dejaron un inmenso vacío en cada uno de nuestros hogares, y es por eso que visitamos sus tumbas, llevándoles nuestro cariño plasmado en esas flores que colocamos con amorosa solicitud, flores que son las portadoras de nuestros sentimientos hacia ellos.
Pero es ahora cuándo se hace necesaria una reflexión sobre este misterio que es la muerte, que es ausencia, es silencio, es vacío para los que quedamos. A nuestros seres queridos que todavía tenemos la dicha de tenerlos entre nosotros, brindémosles ternura, atención, amistad, ahora que todavía es tiempo. Debemos apreciar y valorar a nuestros ancianos ahora, porque después ya nada vale.
Por los que ya partieron ofrezcamos al Señor nuestros sufragios, oraciones, comuniones, actos de bondad, de caridad, porque todo esto es para ellos un precioso regalo, porque tiene mérito a los ojos de Dios.
Sabemos que la muerte es la consecuencia del pecado del primer hombre, Adán, pero sabemos que Cristo vino al mundo para rescatarnos de la muerte eterna. El dio su vida como ofrenda al padre para redimir a la humanidad y abrirnos la puerta a la casa del Padre, a la eterna morada.

San Pablo exclama (Rom. 5,12) “Por un hombre entró el pecado al mundo y por el pecado la muerte, y así a todos los hombres alcanzó la muerte, por cuanto todos pecaron”.
Sabemos que Dios creó al hombre para la inmortalidad, y lo hizo imagen de su propia eternidad, más por el pecado, entró la muerte en el mundo.
Somos peregrinos porque estamos de paso en esta vida, solo tenemos tiendas de campaña; cuándo traspasemos la puerta que nos llevará a la eternidad, entonces llegaremos a nuestra casa a la casa del papá Dios.
Como dice la canción: “más allá del sol yo tengo un hogar, bello hogar más allá del sol”.
Es nuestro consuelo de que no se acaba todo sino que comienza una nueva vida que no se acaba.
Nuestros seres queridos que ya partieron, solo se nos adelantaron en el camino, nosotros todavía caminamos, peregrinamos hacia ese final que es principio de vida eterna.
Por eso cuándo Jesús les dice a sus apóstoles “Vosotros también me dejareis” Pedro responde “Maestro a dónde iremos, solo Tú tienes palabras de vida eterna”.
En el evangelio de San Juan cap. 11-1,43, nos habla de la resurrección de Lázaro el amigo de Jesús. El amigo de Jesús estaba enfermo, sus hermanas Martha y María le envían un recado, diciendo: “Señor, mira, el que amas está enfermo”.
Es un modelo de humilde resignación y de amorosa confianza, este recado que es una discreta oración.
Nada piden concretamente, todo lo dejan resignadamente en manos de su amigo divino.
Entendió bien San Agustín al decir sobre ésta oración “Basta que lo sepas, pues no sabes amar y desamparar”.
La resurrección de Lázaro es el milagro más grande de los que hizo jesús, es un relato maravilloso en que la historia se respira, se siente y se palpa.
En este milagro podremos contemplar a Jesús en su dualidad de hombre y de Dios, la carne y la divinidad fundida en la unidad viviente de su persona. Porque como hombre Jesús lloró ante la tumba de Lázaro, como hombre siente el dolor de la separación de la muerte. Por eso, después de orar al Padre exclama “Lázaro sal fuera” y Lázaro vive, resucita. Todos los presentes contemplaron la gloria de Dios. Jesús resucitó a Lázaro después de cuatro días de haber sido enterrado.

Nosotros debemos contemplarlo, entrañablemente humano, soberanamente divino.
Jesús nos dice “ Yo soy la resurrección y la vida, quién cree en mí, aun cuando muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”.