Hace falta una política de Estado para la innovación y el trabajo en Bolivia

Marcel Ávila Reese

En cuestiones de política no hay coincidencias ni acciones carentes de trasfondo interesado, lo decimos sin pretender disminuir o descalificar el campo político. De hecho la tarea política es así: se gobierna.
Lo que sí demanda la población boliviana, mayoritariamente consciente de la situación económica actual, es un norte que propicie desarrollo, progreso y oportunidades de inversión para quienes se han “lanzado” a navegar en aguas del mercado con tan solo un poco de recursos económicos, provenientes del ahorro o de algún préstamo, que no necesariamente es bancario sino familiar.
Pero vemos que los recursos monetarios para proyectos calificados como de activación económica, dinamización económica, etc., son destinados a obras que magnifican solamente una parte de las necesidades reales de la gente, por ejemplo: vías camineras, infraestructura ciudadana, riego para la producción, apoyo a emprendimientos productivos y otros más que propician a sectores claves, pero no necesariamente generadores de innovación tecnológica, actualización educativa permanente o fomento a la creación artística y literaria, ni qué decir del deporte que está descuidado en todo el territorio boliviano, y quienes logran preseas para el país lo hacen mayormente con sus propios recursos sin el suficiente ni necesario apoyo gubernamental.
Pero por otra parte, es urgente hacer hincapié que no hay todavía un política certera ni amplia ni coherente, tampoco duradera, sobre fomento al conocimiento, la ciencia y tecnología, que dependen precisamente de lo que se haga en los niveles escolares y universitarios como también técnicos.
La educación para el desarrollo es vital en este sentido. Si la gente opta por hacer negocio a partir solo de su “parecer” o de cómo cree que podría sustentar un emprendimiento con solo imitar lo que otros vecinos hacen, no es suficiente pues más temprano que tarde decaen y saturan las posibilidades que el mercado tiene para absorber más oferta, esta que se caracteriza en las grandes ciudades, principalmente, por un estado de monotonía comercial: comerciantes, vendedores ambulantes, proveedores de comida al paso, restaurantes pequeños y fortuitos se ven por doquier; y es que la gente no tiene otras alternativas.
El mercado laboral no es competitivo, por tanto no promueve la creación, las mejoras constantes, la generación de calidad permanente y sobre todo no permite aún la innovación que de riqueza.
La copia desmejorada no es buena para nadie… hace falta ya nomás una política de Estado que propicie y proteja e impulse la participación a pequeña y mediana escala de gente, que quiera o se le ocurra incursionar con algún negocio familiar o personal pero a la vez permita a las personas formarse, capacitarse y acceder a mejores niveles de entrenamiento sin que ello le represente un costo inalcanzable.