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Hay dos tipos de codicia, una que busca riqueza material y posesión de bienes y otra que busca el bien. La segunda es poco común mientras la primera es una de las razones más poderosas de este mundo, que el ser humano tiene cuando se moviliza a fin de lograr para sí beneficios del mencionado orden corrompiéndose de ser necesario.

Por algún motivo la integridad, que debería ser el principal sustento de las acciones personales, aparece mucho en los discursos plagados de buenas intenciones pero carentes de realizaciones concretas o al menos son de corta duración. Las negociaciones por la paz en zonas de permanente conflicto suelen darse después de varios atentados contra la seguridad ciudadana. Mientras se quiere convencer a la gente que acontecimientos fortuitos impidieron anteriormente llegar a soluciones.

No es un tema de holocausto en el presente, más bien un interés de potencias mundiales y sus correligionarios quienes con antelación al conflicto están planificando del modo más dramático asaltar por la fuerza de las armas aquellas zonas de influencia, cuando el control comercial no fuese suficiente imperativo a la hora de mantener la línea del poder.

El control de vastas zonas donde la exclusión "per se" debido a una lucha histórica por territorios se visualiza como región de conflictos es utilizada de manera extendida en las escaramuzas políticas, a través de pseudoacuerdos donde las empresas para estatales son accionadas mediante empresas privadas de gran escalada mundial y poderosamente rentables, articulando una red de influencias entre gobiernos manejados por aquéllas.

Lo lamentable es que la población mundial, mayoritariamente, permanece aún exiliada al margen de las decisiones importantes para el logro de verdaderos acuerdos de paz; porque está domesticada y sedada por una visión de comodidad, en el casos de los países con una economía de mercado ascendente, o privada de muchas de las garantías establecidas en las leyes y los convenios sub-regionales provocando un miedo generalizado a la intervención del tipo que sea, por lo cual sus instituciones civiles y públicas no alcanzan a operar en un contexto de mayor influencia.

Los modelos de instituciones que han sido creadas para resguardar la paz y prevenir conflictos aún tienen una pesada carga procesal que las mantiene ocupadas, la mayor parte del tiempo, en resoluciones judiciales e intentos de diálogo y mediación, algunos fructíferos y muchos infructuosos. Las voces de sectores defensores de la legalidad se coagulan poco a poco en un entorno hostil, que moviliza más rápido y con mayor eficacia recursos y gente para frenar los intentos por establecer mejores y más operativos brazos para el control social y la defensa de la vida y los derechos.

En la arena de los discursos queda por fin la mayor parte de las buenas intenciones y de éstas las que son plasmadas en la realidad deben batallar heroicamente contra las permanentes amenazas, violaciones y asaltos a la dignidad humana.

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