No culparse ni culpar a los demás

Marcel Ávila Rese

Los hechos dolorosos como la muerte de un ser querido conlleva una serie de efectos psicológicos y emocionales, que solo se pueden sobrellevar dentro lo normal cuando hay unidad y amor mutuo entre quienes son parte de la familia o comunidad donde acaeció el suceso.
En la Biblia está escrito que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, esta afirmación trae consigo también el perdón: de rencillas, disturbios en las relaciones entre personas, equivocaciones, actos que a la vista son verdaderamente impropios de gente que en el seno familiar de distancia pero que tienen una explicación también y otras razones más.
La partida (muerte) de aquella persona amada, sea por enfermedad, accidente, deceso natural, deja siempre una enseñanza a quienes le sobreviven: que la vida en solo un instante por el cual en vez de distanciarnos con peleas y malentendidos, susceptibilidades, tendríamos que apreciar mucho a cada quien en vida, aún con sus muchos defectos y virtudes.
Habitualmente en circunstancias de muerte tenemos muchas preguntas para hacer a los familiares de quien falleció, si no hemos estado cerca de los últimos acontecimientos, pero en realidad esas preguntas son más una manera de entablar conexión con los sufrientes o para tratar de aminorar el peso del silencio mortuorio que agobia.
Sea que las personas aún vivas, alrededor de quienes dejaron este mundo, hayan protagonizado actos de infelicidad no es recomendable culparse ni a quien los cometió ni a quien los padeció.
La muerte nos da algo que es fundamental para entender la naturaleza de todo cuanto existe: todo se transforma, transformar los corazones dañados en radiantes y renovados, aún tras la desgracia, supone un gran aprendizaje, aceptación y elevación de la conciencia.
Que ninguna muerte sea solo un acontecimiento más, sino un ejemplo de cómo se debe cuidar la vida, protegerla, sustentarla y valorarla en su dimensión más elevada y reveladora.
Por ello, a quienes aún no han comprendido esto, y por errores, equivocaciones, orgullos y prejuicios que tengan es tiempo para reflexionar sobre el prójimo en vida y darle su justo y verdadero lugar, sin apasionamientos extremos solo poniéndose en el lugar del otro, sin juzgar y tratando de sentir cómo uno mismo estaría en la posición de la otra persona sin que te culpen o te culpes por algo que al fin y al cabo provino de una incorrecta manera de ver a los demás, que si todos contribuyen será subsanada y así se evitará que alguien más caiga en la incredulidad, desidia o venganza.
La vida es para gozarla, a la manera que cada quien la conciba, pero respetándose a sí mismo y respetando a los demás.

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